POETAS DOMINICANOS Y SUS POESÍAS. PARTE 1.- SALOMÉ UREÑA DE HENRÍQUEZ

El Ave y el Nido

¿Por qué te asustas, ave sencilla?
¿Por qué tus ojos fijas en mí?
Yo no pretendo, pobre avecilla,
llevar tu nido lejos de aquí.

Aquí, en el hueco de piedra dura,
tranquila y sola te vi al pasar,
y traigo flores de la llanura
para que adornes tu libre hogar.

Pero me miras y te estremeces,
y el ala bates con inquietud,
y te adelantas, resuelta, a veces,
con amorosa solicitud.

Porque no sabes hasta qué grado
yo la inocencia sé respetar,
que es, para el alma tierna, sagrado
de tus amores el libre hogar.

¡Pobre avecilla!  Vuelve a tu nido
mientras del prado me alejo yo;
en él mi mano lecho mullido
de hojas y flores te preparó.

Mas si tu tierna prole futura
en duro lecho miro al pasar,
con flores y hojas de la llanura
deja que adorne tu libre hogar.

Biografía

Salomé Ureña de Henríquez.- El 21 de octubre de 1850 nace en la ciudad de Santo Domingo (República Dominicana), Salomé Ureña. Sus padres, Don Nicolás Ureña de Mendoza y Doña Gregoria Díaz de León, estimularon el estudio en la niña precoz, que se convertiría, más tarde, en una de las poetisas más grande de América.

Sin descuidar sus composiciones poéticas, y animada por su esposo, fundó en 1881 el primer centro femenino de enseñanza superior: el “Instituto de Señoritas”. A los seis años de su fundación se graduaron las primeras seis maestras normales que tuvo la República Dominicana.

Sus primeros versos los publicó, bajo el seudónimo de «Herminia», a los 17 años. Su estilo nítido y espontáneo se manifiesta muchas veces lleno de ternura, como ocurre en El Ave y el Nido y otras veces su verso se torna viril y patriótico como en A la Patria y en Ruinas. La poetisa cantó a su patria, a su panorama hermoso, a sus hijos, a las flores, a la isla entera, y como una ofrenda a nuestro clima, ofrece La llegada de Invierno.

Salomé Ureña es considerada una de las grandes poetisas de América. En 1878 se le otorgó una medalla costeada por suscripción popular. Para el pueblo dominicano fue una gloria, y así se lo demostró en cada una de sus actuaciones civilistas. Cuando muere, el 6 de marzo de 1897, recibe de sus conciudadanos la más grande manifestación de dolor de que se haya tenido memoria en nuestra sociedad, como un homenaje a sus aportes.

Tuvo una vida corta, murió a los 47 años, pero definitivamente dejó un aporte invaluable.

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